Revista Oriental

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50 AÑOS DEL CENTRO CULTURAL PERUANO JAPONÉS

1967-2017

Al celebrar el cincuentenario de la inauguración del Centro Cultural Peruano Japonés (CCPJ), la Asociación Peruano Japonesa (APJ) inició los actos oficiales con un grandioso espectáculo en la explanada del frontis, con un generoso despliegue de desfiles y pasacalles combinando la tradición y costumbres japonesas, con el folclore peruano y generando una fusión de las culturas de los dos países que deslumbraron a los varios cientos de asistentes que siguieron las incidencias.
La obra entregada oficialmente durante la visita de los entonces príncipes Akihito y Michiko, hoy emperadores, y teniendo como invitado estelar al presidente constitucional Fernando Belaunde (1963-1968), en su primer gobierno, fue fruto de la Sociedad Central Japonesa (SCJ) que después varío a APJ, con el apoyo de los japoneses residentes y sus descendientes, el gobierno del Japón y las empresas de capitales nipones que operaban; el terreno lo donó el Estado peruano en compensación por los colegios confiscados a la colonia durante la II Guerra Mundial.
El edificio original, a través del tiempo, ha sufrido modificaciones en su estructura y también se ha ido ampliando, en razón a las variadas ofertas culturales y otras vivencias que ofrece al público en general, como que extiende actividades musicales, ambientes para conferencias, exposiciones de artes plásticas, festivales teatrales y otros, incluyendo cursos de arte y artesanía, restaurantes de comida japonesa y peruana, atención médica con un policlínico de permanente servicio en diversas especialidades.
Además de las oficinas administrativas y de otros servicios, en un total de nueve pisos, también cuenta con el Museo de la Inmigración Japonesa, bautizada con el nombre de Carlos Chiyoteru Hiraoka, en tributo a uno de sus más ilustres contribuyentes, y que recoge la historia desde el arribo de los primeros migrantes, que llegaron en 1899, hasta la actualidad, convirtiéndose en una suerte de santuario y centro de investigación. (Alfredo Kato)

INICIO DE LAS CELBRACINES
“CCPJ: 50 años de arte, cultura, historia y tradición” es el lema que abrió la jornada festiva, cortando la cinta el vicepresidente de la APJ, Eduardo Yanahura, y el presidente de la Comisión Centenario de la APJ, Gerardo Maruy, reseñando la tarea emprendida para difundir, cultivar y preservar la amistad y el entendimiento peruano-japonés, a la par de expresar su reconocimiento a quienes trabajaron, cediendo su tiempo, a la planificación, construcción y puesta en marcha del edificio.
En el acto, hubo un vasto programa que se inició con lo protocolar para luego abrir un conjunto de actividades, en el frontis de la sede y ante varios centenares de asistentes, entre ellas la exposición del Museo de Inmigración Japonesa, demostraciones de arte marciales (karate a mano y con armas), una muestra de artes plásticas con nuevas generaciones nikkeis y un desfile musical, acompañado de coreografías, destacando entre ellas la soprano japonesa Mieko Tsurusawa, el intérprete Yochan Azama con el tema Hana y el recital poético de Flor Shimomura con los versos de la obra Sembrando.

NUEVOS ROSTROS NIKKEI
En las artes plásticas
El I Salón de Arte Joven Nikkei se abrió en el marco del cincuentenario del CCPJ, en la galería Ryochi Jinnai, con la presencia de jóvenes descendientes japoneses, convocados por el artista Haroldo Higa, dedicados a la escultura, pintura, fotografía, vídeo, diseño y afines, relacionados con diferentes expresiones artísticas.
La muestra colectiva reúne 10 propuestas distintas, conectadas a la identidad nikkei, con una esencia que se puede percibir en cada mirada y que identifica al artista: las hibridaciones de la cultura japonesa y la intervención de lo peruano, desde elementos como el retablo ayacuchano o la botella de Inca Kola reconstruida desde un proceso oriental.
Kioshi Shimabuku, diseñador gráfico por ejemplo, establece un nexo entre el cajón que los maestros ayacuchanos adaptaron de los españoles, y los butsudan, altares que las familias niponas atesoran en casa, otorgando una simbología nueva a la pieza-objeto que desde el minimalismo representa la unión de creencias.
El pintor Kiu Higa trabaja la técnica del kitsugi, con la que se repara alfarería rota, rellenando las grietas con polvo de oro, aplica el kitsugi, que tiene una carga filosófica zen, a productos con carga icónica peruana; la técnica tiene una carga poética beneficiadora para la “cultura peruana”, que utiliza la célebre botella de gaseosa (muy vinculada a la comunidad japonesa y también a la comida china, el maneki-neko (gato de la suerte) y un mapa del Perú fragmentado.
Los diez artistas que participan promedian los 25 años y completan la colectiva Jordi Shimokawa, Daryl Nishiyama, Giri Kosaka, Diego Lau Toyosato, Sachiko Kobayashi, Celeste Vargas Hoshi, Marco Tominaga y Andrea Nakasato; cada uno tiene una historia personal que decanta en su obra.

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