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LA POLÍTICA DEL HIJO ÚNICO Y SU FIN

Con la proclamación de la República Popular China, el 1 de octubre de 1949, el país comenzó a vivir una época de mejoría económica, y con ello un notable crecimiento demográfico, un hecho que fue apoyado desde las más altas instancias del Gobierno.
El líder Mao Zedong (Tse-tung), al referirse a ello, expresó en una ocasión «se debe considerar positivo que China tenga una población numerosa. Incluso si la población de China debiese multiplicarse varias veces, podría encontrar soluciones a los problemas creados por su incremento (…)», dijo.
Pero en la década de los ‘70 del pasado siglo, la población del país alcanzó los casi mil millones, convirtiéndose en una preocupación y un reto para las autoridades, fue en ese contexto que se estableció la llamada «política del hijo único», la cual limitaba a las familias a tener un solo descendiente.
Existían casos como las minorías étnicas o habitantes de algunos sitios rurales que quedaron exentos de esto; llegado el año 2013, se permitió tener un segundo descendiente a aquellas parejas en las cuales una de las partes fuera hijo único.
A la vez que con la aplicación de esta política se logró una mejoría en los indicadores sociales, como la renta per cápita, el acceso a la educación y la disminución en la pobreza, y se evitó que la población china llegase a los 1 700 millones; también se produjo un fenómeno adverso: el envejecimiento poblacional y la reducción de la población activa del país.
Según un estudio de las Naciones Unidas en el año 2050 habrá en China alrededor de 440 millones de personas mayores de 60 años, lo que podría influir negativamente en el acelerado crecimiento económico que ha mantenido el país desde hace años.
Consciente de esta situación, tras el plenario anual del 2015 del Partido Comunista de China (PCCh), se decidió poner fin a la «política del hijo único», y a partir del 1 de enero del 2016 entró en vigor una nueva ley, que permite a las parejas que así lo desean tener dos descendientes.
Doce meses más tarde, se vieron los primeros resultados: de acuerdo con informaciones gubernamentales ese año nacieron 18,46 millones de bebés en el gigante asiático, cifra que representó un crecimiento del 11,5 % respecto al año anterior.
En ese entonces, Yang Wenzhuang, director de división de la Comisión Nacional de Salud y Planificación Familiar afirmó: «Se demuestra que la política universal del segundo hijo llegó a tiempo y funcionó efectivamente».
Un año después el número de nacimientos cayó a 17,58 millones, de los cuales un 51 % fueron los segundos bebés de sus respectivas familias, de acuerdo con datos de la mencionada Comisión, que considera que la cifra «sigue estando a un nivel relativamente alto».
Una de las causas de este decrecimiento se debe a la reducción de matrimonios que piensan en tener familias, y al hecho de que a la mayoría de los jóvenes chinos no les interesa tener descendientes, y cuando lo hacen, optan por un solo hijo.
El fenómeno lo explica el demógrafo Jiang Quanbao, de la Universidad Xi’an Jiaotong, al decir que las parejas jóvenes afrontan presiones económicas, debido a los altos precios de las viviendas así como el costo de la educación de los niños y su mantención. Las mujeres también quieren continuar los estudios superiores y una mejor carrera profesional. «Tener un hijo puede verse como una necesidad y una obligación, pero tener dos no», comentó.

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