Revista Oriental

Misceláneos

URBE EN EL MEDIOEVO

UN LUGAR TURÍSTICO POR DESCUBRIR

Pingyao, en la provincia de Shanxi, es la ciudad medieval china mejor conservada. Es algo bien conocida por los turistas locales, aunque no suela estar entre los objetivos principales de los extranjeros.
Cuando se desembarca del tren o del autobús en el centro de la ciudad moderna, nada hace presagiar lo que espera al viajero, pues varía en un entorno urbano como tantos otros del gigante asiático: grandes avenidas, tráfico asfixiante, actividad comercial hipercinética.
Pero al llegar frente a las murallas uno ya se da cuenta de que está a punto de traspasar una frontera mágica. Un muro inexpugnable e ininterrumpido de 6 kilómetros y 12 metros de altura forma un cuadrado perfecto moteado por 72 torres de vigilancia.
Y, efectivamente, al cruzar la puerta Fengyi –una de las seis por las que se puede entrar o salir del recinto– uno cae de golpe en el siglo XIV. La China vista en las películas de Zhang Yimou: calles peatonales con los tejados de cerámica vidriada, casas con fachadas de madera, farolillos rojos balanceados por la brisa, artesanos trabajando sobre las aceras…
Milagrosamente, Pingyao fue la única ciudad medieval que se salvó en su conjunto de los desvaríos de la revolución cultural. De ahí que su conjunto sea tan armónico, merecedor en 1997 de la declaración de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Hay cuatro calles principales, rectilíneas, que se dirigen a los cuatro puntos principales y que no se complican con el nombre: Norte, Sur, Este y Oeste. Terminan en las puertas de acceso. Hay otras dos aberturas más: Taihe y Yongding.
Hoy en día los chinos viajan y de qué manera. Por todo el mundo, pero sobre todo por su propio país. De ahí que las avenidas con tiendas de recuerdos, restaurantes y hoteles de Pingyao son un torbellino de nacionales curiosos ante su propia historia. Pero a la que el viajero rompe por una vía lateral, entra en un calmo laberinto de callejones donde los ancianos juegan al ‘xiàngqí’ (ajedrez chino), robustas mujeres amasan pasta para los ravioles jiaozi, chatarreros clasifican materiales o asnos fatigados esperan a ser cargados.
El recinto, pues, no es un museo sino una ciudad viva. Se circula por ella libremente, aunque hay un ticket que da derecho a acceder a lo alto de las murallas y a 17 edificios históricos más de la ciudad vieja. Vale la pena, pues por poco más de 25 dólares se entra en la sede de bancos de la edad media –los pioneros del país–, templos confucianos o taoístas o a la Torre de la Ciudad, el punto más alto desde el que contemplar el conjunto.
Los más andarines descubrirán que rodear la muralla por el exterior ofrece unas perspectivas sensacionales, y toparán con el mercadillo nocturno de fritangas que se instala a cien metros de la puerta oeste y donde, pese a las barreras idiomáticas, vivirán momentos de camaradería y gastronomía callejera con parroquianos y vendedores.
Pingyao está a medio camino de Beijing y Xi’an, lo que teniendo en cuenta las distancias en China, es una excusa perfecta para detenerse en una ciudad que no se olvida. Un muy económico viaje al pasado, que se refuerza si se duerme en alguno de los modestos hoteles –con patio y vida familiar incluida en el precio– que se hallan intramuros.

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