Pero excluyendo a las princesas
Foto: APJ/AELU
La familia imperial japonesa acaba de dar un paso histórico para garantizar su supervivencia, aunque no necesariamente para adaptarse al siglo XXI. El parlamento ha aprobado la mayor reforma de la Ley de la Casa Imperial desde la posguerra con el objetivo de frenar el progresivo adelgazamiento de la dinastía más antigua del mundo. Sin embargo, la solución elegida vuelve a dejar fuera a quien muchos japoneses consideran la heredera natural, la princesa Aiko. La nueva legislación responde a una preocupación que lleva años inquietando a la Casa Imperial. Hoy solo tres hombres pueden heredar el Trono del Crisantemo: el príncipe heredero Fumihito, hermano menor del emperador Naruhito, su hijo Hisahito, de 19 años, y el anciano príncipe Hitachi, de 90. Una situación extremadamente frágil para una institución que durante décadas ha visto reducirse su número de miembros.
Para evitar una futura crisis sucesoria, la reforma introduce dos cambios de gran calado. Por un lado, permitirá que descendientes varones de las once antiguas ramas colaterales de la familia imperial, privadas de su condición tras la Segunda Guerra Mundial, puedan ser adoptados e incorporarse de nuevo a la Casa Imperial. Sus futuros hijos varones sí podrán entrar en la línea de sucesión, reforzando así la continuidad de la dinastía por vía masculina. La segunda gran novedad afecta a las princesas. Hasta ahora, cualquier mujer de la familia imperial perdía automáticamente su condición al casarse con un ciudadano sin sangre imperial, como ocurrió en 2021 con la princesa Mako. A partir de ahora, las princesas conservarán su estatus y podrán seguir desempeñando funciones oficiales incluso después de contraer matrimonio. La medida permitirá mantener una familia imperial más numerosa y aliviar la creciente carga institucional que soportan sus miembros.
Sin embargo, la reforma mantiene intacto el principio que más controversia genera. Únicamente los hombres descendientes por línea paterna pueden acceder al trono. Eso significa que la princesa Aiko, única hija del emperador Naruhito y de la emperatriz Masako, continúa excluida de la sucesión pese a ser, con diferencia, el miembro más popular de la nueva generación de la familia imperial.
La paradoja es evidente. Aiko podrá seguir siendo princesa toda su vida, pero nunca emperatriz. Y, además, la reforma abre un escenario singular. Si llegara a tener un hijo varón con uno de esos futuros miembros adoptados procedentes de las antiguas ramas imperiales, ese niño sí podría aspirar algún día al Trono del Crisantemo, mientras que su propia madre seguiría sin tener ese derecho.
Revista Oriental Integrando las Comunidades Asiáticas del Perú y América