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TAIWÁN, UN LUGAR ATRACTIVO Y ENCANTADOR

Ceremonial a los Ocho Generales (dioses protectores), desfile que se celebra en el mes de noviembre con pompa, esplendor y algarabía de los taiwaneses

Algo tendrá la isla de Taiwán cuando los portugueses, al descubrirla en el siglo XVI, le dieron por nombre Formosa, es decir, hermosa. Realmente no la podían haber bautizado mejor, porque sus pocos más de 36.000 kilómetros cuadrados tienen una geografía tan caprichosa como bella, que abarca también el archipiélago de los Pescadores y los islotes Matsu y Quemoy. Para que se entienda mejor, hay que situarse en la zona sur de la barriga con la que China mira hacia el Pacífico y a dos pasos de los territorios isleños de Japón.
“Pero, ¿eso no es China?”, preguntará alguien. La respuesta no es fácil políticamente, porque se le da el nombre de China al territorio continental propiamente dicho, mientras que a éste geográficamente se le llama República de China. Hace años era la China Nacionalista que comandaba Chiang Kai-shek. Ahora tiene un régimen especial, si bien la mayor parte de sus cerca de 25 millones de habitantes se consideran chinos.
A pesar de que a veces el tráfico en Taipei, la capital, es infernal debido a tal densidad de población, estas gentes, que parecen ir de un lado a otro teledirigidas, siguen manteniendo un enorme apego a sus costumbres ancestrales.
No es cuestión de repasar la historia metiéndose en cuestiones dinásticas y en el continuo baile de poderes que ha tenido la isla. Fijarse más en los aspectos originales de sus costumbres, unas tradiciones que se pierden en los tiempos, cuando tribus chinas y malayas fueron asentándose en el lugar para ir transformando aquella pesca inicial en el emporio industrial y tecnológico que es hoy.
“La religión ha tenido siempre una influencia destacada”, dice Hau-Wei, el guía. “Une a todos los micropueblos de Taiwán, cada uno de los cuales habla su propio dialecto. Siete son los principales, pero hay otros más de menor incidencia. Nos entendemos gracias al wenywn, que es el idioma unificado en el que vienen todos los documentos oficiales. Increíble para un terreno tan pequeño, ¿verdad?”.
Una de las fiestas más arraigadas en Taipei es el Desfile de los Ocho Generales. Se celebra con toda pompa y esplendor, lo que equivale a decir que los cohetes y las tracas ejercen un protagonismo casi similar al de una comitiva que, portando armas simbólicas e instrumentos musicales, hace el recorrido por una importante zona de la capital con unos pasos misteriosos de cuyo origen nadie sabe el significado.
En realidad, se está frente al homenaje que la población rinde a los dioses protectores para que el año sea propicio, todo un acontecimiento que puede ser rematado en Taipei con la asistencia a un buen recital en el Concert Hall o una representación en el Teatro Nacional. Ambos edificios, que arquitectónicamente son muy parecidos, se encuentran uno frente al otro, en la bella plaza de la Libertad, cerrada por otras dos emblemáticas construcciones, la Puerta de la Gran Centralidad y la Honradez Perfecta –tal es su nombre completo– y el monumento conmemorativo al general Chiang Kai-shek. En uno y otro punto nadie se resiste a fotografiarse.
Se entre o no se entre en cualquiera de los dos coliseos, hay otro espectáculo en el exterior que merece verse: su arquitectura. Observar los detalles de las formas arquitectónicas del Teatro Nacional, con sus tejados curvos, olores llamativos y contornos intrincados con un estilo que combina formas rectangulares que varían en tamaño y posición según la importancia. Al parecer, todos los edificios de estilo tradicional chino tienen un exterior tan imponente como dinámico e intrigante.
Uno de los polos de atracción religiosa de Taiwán es el monte Tapachien, situado en la cordillera central, integrado en el popular Parque Nacional Shei-pa. Se le atribuyen propiedades milagrosas, por lo que es frecuente encontrar ante él a nativos que, con un impresionante respeto, hacen sus oraciones. “Las principales peticiones están dirigidas a la salud de los mayores. Aquí existe un gran respeto por los ancianos. Posiblemente la razón hay que buscarla en el reconocimiento a su experiencia, porque en los momentos extremos solo ellos saben cómo dejar a un lado o eliminar a los espíritus malignos. De nuevo entramos en esta mística”, añade el guía.
Cuando una persona mayor taiwanesa va a celebrar su cumpleaños, la familia prepara el acontecimiento de víspera, y lo primero en lo que repara es en la tarjeta postal que le va a entregar acompañando al regalito correspondiente. Lo de la tarjeta es indispensable, porque en ella va escrito el deseo de todos los suyos de una gran longevidad. A estos mensajes le acompañan siempre citas de tres sabios, Fu, Lu y Sou, que según la tradición tienen recetas para prolongar las vidas.
Pero no es el texto lo que más llama la atención, sino los maravillosos dibujos que adornan las postales, obra de auténticos especialistas. Algunas son perfectas obras de arte.
Las religiones más practicadas, el confucionismo, el taoísmo y el budismo, convergen en el culto a los antepasados. Esta temática se encuentra incluso en los espectáculos de títeres, que en Taiwán son muy populares. Es más, cuando se asiste a alguno de ellos es seguro el asombro ante la habilidad manual de quienes ponen en movimiento los muñecos. Hay que prestar atención también a las cabezas de estos, porque en la mayor parte de los casos son rostros de porcelana artísticamente elaborados y con unas expresiones tremendamente efectistas. En los últimos años, los títeres taiwaneses han adquirido fama universal merced a la importancia que sus realizadores le han ido dando a la iluminación de color, con la que crean atmósferas de impresionante dramatismo.

Cada pagoda recrea la originalidad del milenario arte chino,  predominando los colores rojo dorado

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