ICHITARO MORIMOTO

puente humano que fortaleció la amistad peruano‑japonesa

En la historia de la inmigración japonesa al Perú, hay figuras que no solo representan un recorrido personal, sino que encarnan el espíritu de integración, servicio y liderazgo que dio forma a la comunidad nikkei. Entre ellas, destaca con luz propia Ichitaro Morimoto (1879‑1959), empresario, filántropo y dirigente que dedicó medio siglo de su vida al Perú, país al que llegó en 1904 y que adoptó como su segunda patria.

Su trayectoria resume, con singular claridad, el tránsito de una inmigración que pasó del esfuerzo individual al fortalecimiento institucional, y que hoy, 127 años después de la llegada de los primeros inmigrantes japoneses, sigue siendo un puente vivo entre dos naciones.

Inmigrante de élite
con visión global

Ichitaro Morimoto formó parte de la pequeña inmigración japonesa de élite, integrada por profesionales, inversionistas y empresarios que arribaron al Perú a inicios del siglo XX, nacido en la prefectura de Tottori. Antes de llegar al Callao, frisando los 30 años, había sido comerciante exportador en Japón, enviando productos industriales a Europa —especialmente Italia— y a Australia.
Ese trabajo lo llevó a recorrer diversos países, acumulando conocimientos, contactos y una visión cosmopolita que marcaría su vida posterior.
Al llegar al Perú, encontró un país que aún buscaba recuperarse de la Guerra del Pacífico y que enfrentaba una grave escasez de mano de obra agrícola. Ese contexto sería decisivo para el impulso de la inmigración japonesa organizada.
Orígenes de la inmigración
japonesa al Perú

Morimoto conocía bien la historia de los pioneros. Recordaba que la primera inmigración japonesa se produjo en 1899, cuando un grupo de unas 790 personas —con muy pocas mujeres— de ellos, 226 inmigrantes desembarcaron específicamente en Cerro Azul para trabajar en las haciendas Santa Bárbara y Casa Blanca
El gran promotor de este proceso fue el señor Tanaka, quien inicialmente estudió posibilidades en Brasil. Sin embargo, estando en Río de Janeiro, fue llamado al Perú por el entonces presidente Augusto B. Leguía, con quien había compartido estudios técnicos en Inglaterra. Esa amistad y visión común facilitaron las gestiones.
Con el Congreso en receso, Leguía convocó a una reunión extraordinaria con la Sociedad Agraria Nacional, donde se debatió la propuesta de traer colonos japoneses. El consenso fue unánime: el país necesitaba agricultores experimentados para reactivar la economía y modernizar el campo.
Así se consolidó la llegada de ciudadanos del Imperio del Japón, un proceso que transformaría para siempre la historia social y económica del Perú.

Morimoto: construcción de
comunidad

Ya instalado en Lima, Ichitaro Morimoto se convirtió en un líder natural de la creciente colectividad japonesa. Su compromiso comunitario fue profundo y sostenido:
Fundador (1917) y presidente en varios periodos de la Sociedad Central Japonesa, hoy Asociación Peruano Japonesa.
Impulsor y primer presidente del Estadio La Unión (AELU), institución clave para el deporte y la formación de jóvenes nikkei.
Gestor del monumento a Manco Cápac, símbolo de integración cultural en el corazón de Lima.
Nacionalizado peruano en 1926, reafirmando su vínculo afectivo y cívico con el país.
Morimoto solía decir que, tras medio siglo en el Perú, se sentía “más peruano que aquel que nació en el Cuzco”. Su vida es testimonio de esa afirmación.

Comerciante a agricultor:
nueva vocación en
tierra peruana

Aunque en Japón había sido un exitoso exportador, en el Perú Morimoto no dudó en reinventarse. Gracias a la influencia del chino Aurelio Pow San Chía, se interesó por las actividades agrícolas y asumió nuevos retos: director gerente de la Sociedad Retes y presidente de la Sociedad Agrícola Esmeralda en Cañete.
Su capacidad de adaptación y su ética de trabajo lo convirtieron en un referente para los inmigrantes que buscaban abrirse camino en un país distinto.

Defensor de la integración

Morimoto fue un firme partidario de una vinculación más estrecha entre peruanos y japoneses, convencido de que el progreso del país dependía del trabajo conjunto.
Afirmaba que la mayoría de los japoneses residentes eran “peruanos de hecho”, no solo por el tiempo vivido aquí, sino porque sus hijos habían nacido en territorio nacional.

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